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El Salón de la Fama como un Campo de los Sueños: Alfredo Harp lo construyó y ellos llegaron

Nicho de los Inmortales en el Salón de la Fama

El Salón de la Fama del Beisbol Mexicano abrió sus puertas este miércoles en una magna celebración que reunió a los grandes protagonistas del beisbol del presente, pero sobre todo, del pasado.

Los jardines donde los peloteros se volvían inmortales

La fiesta inaugural recordó los momentos más luminosos de la institución, donde en cada festejo o ceremonia de entronización, las leyendas del juego desfilaban por unos jardines de Cervecería Cuauhtémoc convertidos en auténtico Campo de los Sueños.

Como en la película, los grandes peloteros nunca morían en aquellos jardines. Era justamente la frescura siempre verde de esos jardines y de ese césped, lo que los volvía inmortales.

Nuevo espacio, misma sensación

Hoy, los jardines son otros. El Salón de la Fama reabre sus puertas con una hermosa nueva sede, justo en la ribera del río Santa Lucía en Monterrey.

Aunque el lugar sea otro, el ambiente es el mismo. Por un lado, Fernando Valenzuela platicando con los medios, sonríe, se toma fotos; más allá, “los Camacho de la Destrucción”, Moi y Ronnie Camacho, tomándose fotos juntos; junto a la puerta, Felipe Montemayor, con la enorme clase y caballerosidad que lo ha distinguido, recuerda a Roberto Clemente como compañero de equipo con los Piratas de Pittsburgh; a la distancia, Horacio Piña y Enrique Aguilar, platican con la gente de Rieleros de Aguascalientes; Mike Brito se pasea por la explanada con su eterno sombrero.

Ronnie Camacho presume sus recuerdos a Mike Brito, Moi Camacho y Felipe Montemayor
Ronnie Camacho presume sus recuerdos a Mike Brito, Moi Camacho y Felipe Montemayor

Entra don Enrique Kerlegand, entero, galante, con su inconfundible voz, precisa y grave, la banda sonora de tantos y tantos juegos de la época de oro del beisbol transmitido por la radio.

Ángel Moreno, Chito Ríos, Cornelio García, Daniel Fernández. Ahí están todos. Conviviendo, abrazándose, saludándose.

Una enorme sonrisa se le dibuja en el rostro a Adrián Luna, cuando encuentra la sección que el museo le ha dedicado a las grandes conquistas del beisbol infantil mexicano en el mundo. Adrián, hoy rebasa los 30 años, pero hace 22 años, fue uno de los pequeños gigantes de 1997, el año en que los Vaqueros de Linda Vista conquistaron el campeonato mundial de Ligas Pequeñas en Williamsport.

Adrián Luna, campeón mundial en Williamsport en 1997, en la sección dedicada a las hazañas del beisbol infantil
Adrián Luna, campeón mundial en Williamsport en 1997, en la sección dedicada a las hazañas del beisbol infantil

Los ya fallecidos, también presentes

No solo los ex peloteros se hacen presentes, sino también las familias de quienes ya han fallecido. Como siempre, infaltable, entra a la explanada del recinto, Doña Carmelita Vázquez. Hace 22 años que Héctor Espino partió de este plano, pero desde entonces, su viuda, doña Carmen, ha sido una presencia constante en los eventos del Salón de la Fama. Y hoy, que el recinto reabre sus puertas, ahí está doña Carmelita, que entra en silla de ruedas, como siempre, acompañada por sus hijos Héctor, Daniel y Omar.

Miguel Pasquel, nieto del ya fallecido Jorge Pasquel, también se da cita en el Salón de la Fama. Comparte las historias de su abuelo, se toma fotos con la escultura del empresario que soñó, y logró, que los diamantes mexicanos fueran un faro de igualdad racial. Miguel Pasquel platica sobre el carácter de su abuelo, aquel líder de la Liga Mexicana en los 40, que hizo del circuito un lugar donde solo importaba tu talento, y nunca tu color de piel, para ganarte un lugar en el terreno de juego. En México, peloteros negros, blancos y latinos jugaban de la mano, en equipo.

Miguel Pasquel, nieto de Jorge Pasquel, posa junto a la escultura de su abuelo
Miguel Pasquel, nieto de Jorge Pasquel, posa junto a la escultura de su abuelo

Una forma única de sentir el beisbol

Eso es el Salón de la Fama. Más que un edificio, una obra, y un patrocinador, el Salón de la Fama ha sido una institución. Más allá de que sea Cervecería Cuauhtémoc o Alfredo Harp el patrocinador, el Salón de la Fama es una forma única de sentir el beisbol mexicano.

Porque las hazañas se desbordan del terreno. Van aún más lejos. Estos inmortales nos dan lecciones de vida. Jorge Pasquel nos enseñó que todas las razas son iguales; Fernando Valenzuela nos enseñó que más que el “Sueño Americano”, lo que existe es el “Sueño Mexicano”, que un mexicano de extracción humilde y salido de un pequeño pueblo polvoso que ni siquiera se mencionaba en los mapas, puede llegar a conquistar el mundo.

Fernando Valenzuela
Fernando Valenzuela

Institución con pensamiento de avanzada

Cómo institución, el Salón de la Fama ha sido siempre progresista. Lúcido en su pensamiento y en sus valores. En 1971, aunque no tenía sede física, la institución decidió entronizar a Josh Gibson, el más extraordinario bateador de color de su tiempo, a pesar de que soló jugó en México la mitad de 1940 y todo 1941. Fue solo un año y medio, insuficientes para las reglas de hoy, pero breve tiempo en el que puso números monstruosos en su corto paso. Ese mismo año entronizaron a los también peloteros estelares de color, Monte Irvin y Roy Campanella, que también jugaron poco en México cuando se les prohibía jugar en Estados Unidos, pero que cuando Jackie Robinson derribó la barrera del color en 1947, alcanzaron las Grandes Ligas.

El mensaje era claro: reconocer a los peloteros negros que tanto tiempo fueron segregados de las Grandes Ligas, y que brillaron en México, aunque fuera por poco tiempo. Ese año de 1971, esos tres peloteros ingresaron al Salón de la Fama junto a Jorge Pasquel.

Maniobra progresista y de avanzada, sus resonancias eran más humanistas, que deportivas. En 1971, el Salón de la Fama de Cooperstown apenas se debatía en si debía ingresar a los peloteros de color que fueron segregados de las Grandes Ligas antes de 1947. Cooperstown aceptaría entronizar a Josh Gibson, que nunca jugó Grandes Ligas, en 1972, un año después de que lo hizo México.

Foto de Josh Gibson, en exhibición en el Salón de la Fama, entronizado en 1971
Foto de Josh Gibson, en exhibición en el Salón de la Fama de Monterrey, entronizado en 1971

El lugar donde los recuerdos se pueden tocar y sentir

Es un espacio que, decíamos, perpetúa el recuerdo. La sonrisa de Adrián Luna recordando sus hazañas infantiles en Williamsport, es la misma de Ronnie Camacho cuando le presume a Felipe Montemayor, Moi Camacho y Mike Brito, las páginas de la revista CUARTO BAT en que aparece un texto suyo.

Y si esas sonrisas son las mismas, es porque en el Salón de la Fama, los recuerdos casi se pueden tocar. La memoria se vuelve piel, fresca y joven otra vez. Los cuerpos cansados vuelven a erguirse como en los años de juventud. Los batazos vuelven a oirse secos en el tronar de la madera contra la pelota. Todo vuelve a pasar ahí, hoy, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Está en el aroma, en el tacto, en el ambiente. Está vivo, respira.

El Campo de los Sueños existe. Alfredo Harp lo construyó, y ellos vinieron. Ahí están, de carne y hueso; las leyendas del beisbol mexicano se pasean ante nuestros ojos.

César González Gómez

Written by César González Gómez

Fundador y Director Editorial de CUARTO BAT. Investigador de los orígenes del beisbol en México.

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