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Las lecciones que me enseñó un mánager campeón

Ronnie Camacho, Moi Camacho y el Ronquito García

Cuando se está en un equipo donde existe una estrella en cada posición, es muy difícil que se gane un campeonato. Y sin embargo, lo logramos en los Tecolotes de Nuevo Laredo de 1958. Lo primero que tienes que hacer es logar que se juegue en conjunto y eso es precisamente lo que ejecutó José “Cheo” Ramos, un mánager cubano medio agallegado, de trato fino, pero que desconocía totalmente la Liga Mexicana, sus largos viajes y por ende sus jugadores.

Una constelación en el Tecolotes

Llegó a Nuevo Laredo, aunque hasta la fecha ignoro cómo llegó al club. Sin embargo, a él le debo y le vivo agradecido por haberme dado la oportunidad de jugar regularmente en el equipo.

Y es que teníamos a tres excelentes jugadores cubriendo la primera base: Eddie Escalante “El Zurdo”, José “Pasitos Echeverría”. Luego se incorporó un jugador colombiano que le daba durísimo a la bola y era bateador izquierdo, Inocencio Rodríguez.

Yo tenía 20 años cuando arribé a la frontera en 1956; venía de la organización de los Cardenales de San Luis, pero cuando llegué al parque La Junta, me encontré con una constelación de estrellas que se fue consolidando hasta ganar el título en 1958, cuando yo tenía 22 años.

Ahí estaban los arriba mencionados y nada mas jugaba uno: el “Pasitos” Echeverría, bateadorazo y buen impulsor de carreras. En segunda estaba Moi Camacho; en el campocorto estaba el panameño Pablo Bernard, champion bat ese año; en tercera base jugaba Baldemar Carmona, en su momento, gran fildeador y bateaba average.

Entonces me pregunté: “¿Y ahora qué…?”

Los Tecolotes de Nuevo Laredo, campeones de 1958
Los Tecolotes de Nuevo Laredo, campeones de 1958

El mánager que confió en mí

– “¡Oye chico!, ¿qué juegas?”, me preguntó mi mánager Ramos.

-“En Estados Unidos jugaba segunda base, pero ya veo que aquí no voy a jugar, teniendo a Moi ahí”, le señalé.

– “Veremos, veremos. Traes muy buenas credenciales de allá, te investigué con mi amigo Regino Otero, que estaba en la misma liga de donde vienes y me contó muy buenas cosas de ti”, me contestó el mánager.

– “¡Uff!, qué bueno. Pues aquí me tiene usted, y por lo pronto, me imagino que voy a ver el juego desde la banca”, le dije.

– “A lo mejor te pongo, o me esperaré a mañana. Quiero que vengas a batear a las 11 para verte. Voy a traer a Romeo Cadena y a Máximo García, un derecho y un zurdo para la práctica y ahí veremos”, me indicó.

Al otro día me fui al parque y me uniformoé. Al salir al campo me encuentro con Tony Dicochea, el excelente lanzador nudillero nativo de Nogales, Sonora.

-“¡Hola jodido (era su palabra favorita)! Vine a pasarte la bola. Me dijo Cheo que te tirara de todo”, me advirtió Tony.

-“Nada mas no trates de poncharme, cabrón”, le pedí.

Y ahí me estuve hasta la 1 de la tarde. Trabajé muy duro y me esforcé al máximo. Quería quedar muy bien en esa Liga Mexicana.

-“Tengo buenas noticias para ti: acabamos de negociar a Escalante a Poza Rica y Echeverría está enfermo”, me dijo el mánager.

A la primera base

Al decirme eso, me tiró el guante de primera base y me gritó:

-“Vas a jugar ahí. Espero que no me mates del corazón”, me advirtió.

Esa noche contra los Tigres del México estuve muy bien fildeando y bateando. Le pegué un jonrón al “Látigo” Jimenez, ganador de 14 juegos en ese año, y que era un cubano de color que tiraba muy duro. Luego le dí un doble contra la barda y ganamos el juego. Cheo me dio la mano en la caseta.

-“¡Bien! No se equivocó mi amigo Regino. Creo que te vas a quedar en ésa posición”, me dijo.

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Los Camacho de la destrucción

Y ahí me quedé. Hice una gran mancuerna bateadora con Moi Camacho y empezamos una bella época en el beisbol mexicano.

En todos los parques que visitábamos, la gente siempre nos buscaba, nos pedía autógrafos y fotos para el recuerdo. Nos sentíamos muy felices y por si fuera poco, el equipo empezó a ganar.

Cuando fuimos a la capital de México, llegamos al Parque del Seguro Social. Jugábamos contra los Tigres del México y Tommy Morales, prestigiado cronista deportivo nos entrevistó.

-“¿Qué tienen estos muchachos? ¿por qué tantos jonrones y tantas carreras producidas?”, nos preguntó Tommy.

-“Cuando te da el juego, sucede de todo”, le contestó Moi.

-“¿Y Ronnie, qué me dice?”, me volteó a ver Tommy.

-“Que estoy muy contento en el equipo, con mi amigo Moi y con un mánager que supo maniobrar muy bien el carácter de cada uno de nosotros”, le expliqué.

-“Y miren que si lo logró. Ésta es una selección de estrellas, nada más hay que mirar a los outfielders, con Herminio Cortez, Ronquito García y Oscar Sardiñas, los tres bateando arriba de .320; y esos tres lanzadores de Sonora, Miguel Sotelo, Arturo Cacheux y Tony Dicochea”, enumeró Tommy.

Esa noche recuerdo muy bien cuando George Genovese, manager de los Tigres, entró al terreno. Iba a hablar con su pítcher Robert Anderson, ganador de 14 juegos, después de que Cortez le abrió el noveno inning con un doblete al left.

-“Dame la bola, luces un poco cansado, voy atraer a Leslie Phillips, para que me saque estos tres outs”, parece que le dijo Genovese.

Explotamos los bates

Este americano era un estupendo velocista que dependía de un buen slider y su recta quemante.

-“Oye Leslie, ganamos por una carrera 4 a 3. Vienen Moi y Ronnie pegados; no te descuides con este par”, le advirtió el mánager.

El pitcher asintió con la cabeza. Se reanudó el juego ante una delirante fanaticada que estaba emocionada ya en el cierre del juego.

Moi aguantó dos lanzamientos de strike; después le empezaron a rodear los lanzamientos hasta llevarlo a 3 y 2.

Pero, al siguiente lanzamiento, levantó la pelota muy alto pero con fuerza suficiente para llevarse la barda  produciendo el empate y la ventaja.

Ya estábamos una carrera arriba: 5 a 4. En la caseta de los Tigres, el mánager Genovese tiró la gorra, se agarraba la cabeza en señal de impotencia.

En eso estaba cuando al primer lanzamiento que me hicieron la saqué sobre la barda del izquierdo. La bola le pegó a las láminas grandes que había después de las gradas.

Era un jonrón y ya estábamos arriba por dos carreras. Al pasar por tercera, Cheo Ramos no me dio la mano; solamente me guiñó el ojo izquierdo. Alcancé a oír a Tomas Herrera gritarme:

-“Pinchis cabezones, cómo dan guerra”.

La incredulidad hacia nuestro mánager

Para el último inning, Cheo trajo al zurdo Max Garcia, cubano con 11 ganados de inicialista, pero que entró a relevar. Debía lanzarle a Rubén Esquivias, y después a Elías Osorio, dos bateadores potentes y peligrosos. 

Respondieron. Esquivias pegó un doble al derecho; Osorio bateó sencillo y produjo la quinta que los acercaba a una de distancia. La situación se nos puso muy tensa, pues venía el temible ambidiestro Becerril Fernández.

Cheo salió del dugout y se dirigió a la loma. Fuimos a escuchar su estrategia. Primero, le preguntó a Moi. 

-“Oye Moi, ¿de cuál lado es mejor bateador?”, consultó Cheo con Moi.

-“Cheo, puedo asegurar que por el izquierdo”, respondió Moi.

-“Muy bien”, asintió Cheo.

Le pidió la bola al zurdo Garcia, y jaló por otro inicialista, el también cubano Jiquí Moreno, con 13 juegos ganados y lanzador derecho.

-“Cheo, Becerril es mejor por ese lado y traes un derecho”, le señaló Moi con extrañeza ante la aparente equivocación de nuestro mánager.

-“Exacto. Le rodearemos los lanzamientos y lo pondremos en primera”, explicó nuestro mánager.

-“Pero es el gane sin out”, refutó ahora Bernard con la misma extrañeza.

-“No importa. Métele mano, Jiqui. Vienen tres derechos después”, instruyó Cheo.

Dicho y hecho. Becerril se fue a primera; Jesse Durán tocó la bola y Osorio avanzó a tercera y Becerril a segunda.

Luego a Reginaldo Grenald, bateador derecho, Jiquí le dio la base. De pronto, la cosa se nos puso peor que como estábamos: ganábamos por una de ventaja, pero con las bases llenas.

Ricardo Garza entró de emergente por Agustin Enriquez. Jiquí lo dominó en rola dura, pero de frente a Moi Camacho en segunda. Como de rayo realizamos un doble play que nunca nos imaginaríamos que sucedería.

El reconocimiento a nuestro mánager

Ya en el vestidor, nos acercamos a nuestro mánager. Le estrechamos la mano, y fue Pablo Bernard quien muy sonriente le dijo:

-“Cheo, creo que jamás veré otra situación como la que acabamos de pasar. Nos tomaste nuestra opinión, pero hiciste lo contrario”, le dijo Bernard, aún confundido, pero en buen humor tras ganar el juego.

-“¡Ay chico! Lo hice para darme cuenta si en realidad estaban pensando en el juego. No iba a dejar que Max García le lanzara a Becerril. Estaba traumado por no haber sacado out a los dos zurdos; ya no tenía concentración y un pítcher, en esas condiciones, lo único que hace es tirarla por ahí a que le den el palo. Yo preferí traerme a Jiquí, fresco de la mente y con experiencia. A él tenían que batearle”.

Al otro día, Tommy Morales publicó lo siguiente: 

-“La estrategia vista anoche por el mánager Cheo Ramos, es como para catalogarse de excelente nivel y de un alto riesgo.Pero el beisbol lo premió. Anoche vimos a los Camacho de la Destrucción en todo su esplendor”, escribió Tommy Morales en su crónica.

El mote se nos quedó hasta la fecha. Aunque Moi Camacho y yo ya estamos en el retiro, me siento halagado y feliz cuando alguien nos recuerda.

Y sobre todo, cuando recuerdo con tanto detalle las lecciones que los grandes sabios del beisbol nos enseñaron cuando éramos chamacos.

Ronnie Camacho

Written by Ronnie Camacho

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