Hay hombres a los que se les puede resumir una carrera con números. A Cuauhtémoc “Chito” Rodríguez no.
Nueve campeonatos en la Liga Mexicana de Beisbol, siete con Tigres y dos con Tecolotes, más de dos décadas dentro de una de las organizaciones de mayor tradición en el beisbol mexicano y una vida prácticamente entera dedicada al juego podrían servir como punto de partida. Pero aun así faltarían historias.
Muchas historias.
Tantas, que en 2021 Gerardo Pérez se sentó a conversar con él para una entrevista que terminó convirtiéndose en una plática de alrededor de 12 horas.
No fue una entrevista cualquiera. El propio Chito lo reconoció al despedirse:
“Nunca había tenido una entrevista tan completa como esta”.
Hoy, tras conocerse el fallecimiento de Cuauhtémoc Rodríguez, aquella conversación cobra un significado distinto. Porque entre recuerdos, campeonatos, mudanzas, decisiones, jugadores, directivos y anécdotas quedó registrada parte de la memoria de un hombre que no solamente trabajó en el beisbol mexicano: ayudó a construirlo durante décadas.
El campeonato que llevaba México en el uniforme
De todos sus campeonatos hubo uno que Chito guardó de manera especial.
El de 2005.
Tigres jugaba entonces en Puebla y Carlos Peralta mantenía una inquietud que venía desde su padre: construir un equipo capaz de competir exclusivamente con peloteros mexicanos.
Durante años, Rodríguez consideró que simplemente no estaban dadas las condiciones.
No había suficiente profundidad para formar una novena competitiva únicamente con jugadores nacidos en México.
Hasta que llegó 2005.
En plena pretemporada, Chito fue con Peralta y le planteó algo que anteriormente no se había atrevido a garantizar: ese año sí podían hacerlo.
No prometió playoffs.
Mucho menos un campeonato.
Prometió competir.
Y Peralta aceptó.
Tigres salió a jugar con mexicanos y el resultado terminó superando incluso aquello que Rodríguez había imaginado.
Fueron campeones.
“Se batalló, pero se dio”, recordaba Chito.
Entre los nueve campeonatos que consiguió en su carrera dentro de la Liga Mexicana, aquel ocupaba un sitio privilegiado.
No era únicamente haber levantado otro trofeo.
Era haber demostrado que aquella idea que durante años había rondado dentro de la organización podía convertirse en realidad: un equipo formado exclusivamente por mexicanos podía conquistar la Liga Mexicana.
Todavía en 2006 mantuvieron aquella filosofía, aunque Chito reconocía lo extraordinariamente difícil que resultaba sostener un plantel completamente nacional y mantenerlo con nivel de campeonato.
Pero el 2005 ya nadie podía quitárselo.
1977, el otro campeonato del corazón
Cuando Chito repasaba sus títulos había otro año que aparecía inmediatamente.
Y por una razón completamente distinta.
Aquel equipo venía de terminar último la temporada anterior. Las expectativas eran reducidas y el roster estaba lejos de parecer una maquinaria destinada al campeonato.
Había jugadores prestados, incertidumbre y enfrente aparecía un rival poderoso: el México.
Contra los pronósticos, Tigres terminó campeón.
Por eso, cuando Rodríguez hablaba de sus nueve títulos, no necesitaba demasiado tiempo para elegir.
1977 y 2005 eran los que llevaba más cerca del corazón.
Uno porque demostraba hasta dónde podía llegar un equipo del que pocos esperaban algo.
El otro porque había logrado hacerlo únicamente con peloteros mexicanos.
Dos campeonatos separados por casi tres décadas y unidos por una característica que acompañó buena parte de la trayectoria de Chito Rodríguez: construir equipos capaces de hacer aquello que parecía improbable.
De México a Puebla y de Puebla a Cancún
La historia de Chito con Tigres tampoco puede contarse sin hablar de mudanzas.
Primero Puebla.
Después Cancún.
El cambio político en Puebla terminó modificando también las condiciones alrededor de los equipos. Con la salida del gobernador Melquiades Morales y la llegada de Mario Marín, la relación ya no era la misma.
Carlos Peralta decidió entonces que uno de los dos equipos que compartían la plaza tendría que salir.
Chito inicialmente pensó que Tigres permanecería ahí.
Habían sido campeones y consideraba que la organización tenía una buena imagen en Puebla.
Pero había un detalle imposible de ignorar: Pericos representaba directamente la identidad poblana.
Así comenzaron las negociaciones para encontrarle una nueva casa a Tigres.
La opción que terminó ofreciendo las mejores condiciones fue Cancún.
El problema era considerable.
Prácticamente no había estadio.
Un huracán había provocado daños severos en la ciudad y también en la infraestructura deportiva. Pero las conversaciones con el entonces gobernador Félix González Canto avanzaron y finalmente llegó la decisión de Peralta:
“Nos vamos para Cancún”.
Había que levantar una nueva casa para Tigres.
Se construyó un estadio pequeño, funcional y con las especificaciones necesarias para recibir a la Liga Mexicana. Todavía faltaban detalles cuando comenzó la temporada 2007, pero el equipo pudo jugar.
Así comenzó otro capítulo.
Y Chito volvió a construir.
Ganar también era saber rodearse
Una constante aparece cuando Rodríguez recordaba aquellos años: casi nunca hablaba de los campeonatos como una obra exclusivamente suya.
Recordaba colaboradores.
Recordaba gerentes.
Recordaba autoridades.
Recordaba propietarios.
Cuando Tigres pasó de México a Puebla salió de la organización Alfonso “Chato” López y Rodríguez encontró en Irán Campos a un nuevo gerente. Trabajaron juntos entre 2004 y 2006.
Más tarde apareció Francisco “Pollo” Minjarez.
Chito había observado su trabajo con Pericos y detectó en él las condiciones necesarias para asumir mayores responsabilidades. Cuando llegó el momento de mudarse a Cancún decidió llevárselo.
Era también parte de su manera de entender la dirección de una organización.
No bastaba con conocer jugadores.
Había que conocer personas.
Detectar quién podía ayudar.
Delegar.
Construir una estructura.
Y después permitir que cada quien hiciera su trabajo.
Cancún y otra época ganadora
Tigres encontró estabilidad en Quintana Roo.
Los playoffs comenzaron a convertirse nuevamente en una costumbre, aunque el campeonato tardó en aparecer.
Hasta 2011.
Después vendrían también los títulos de 2013 y 2015.
Rodríguez recordaba especialmente el respaldo recibido de las autoridades estatales y la enorme afición por el beisbol que existía alrededor del equipo.
Habían conseguido algo que no siempre resulta sencillo para una franquicia histórica después de abandonar su lugar de origen: echar raíces nuevamente sin perder su identidad ganadora.
Tigres seguía siendo Tigres.
Y detrás de buena parte de aquella continuidad estaba Chito.
La llamada que nunca quiso recibir
Entonces llegó 2017.
Mientras comenzaban los preparativos para una nueva temporada, sonó el teléfono.
Era Carlos Peralta.
Había tomado una decisión.
Su ciclo dentro del beisbol profesional había terminado.
“Búscale comprador”, le dijo.
Para alguien cuya vida profesional estaba profundamente ligada a Tigres, aquello significaba mucho más que una operación empresarial.
Chito tenía una idea.
Quería hablar con Alfredo Harp Helú.
Su intención era que Tigres permaneciera una temporada más en Cancún y después pudiera regresar a la Ciudad de México, coincidiendo con la llegada de un nuevo estadio.
Chito quería que Tigres volviera a casa.
Las circunstancias tomaron otro rumbo.
Desde Quintana Roo pidieron que la franquicia permaneciera en Cancún y aparecieron empresarios interesados en adquirirla. Finalmente se integró también la familia Valenzuela.
Entonces surgió otro asunto.
El nombre.
Carlos Peralta inicialmente no quería entregarlo.
Para Chito aquello tenía una explicación sencilla:
el nombre Tigres valía incluso más que el propio equipo.
Porque un roster cambia.
Los jugadores pasan.
Los directivos pasan.
Los estadios cambian.
Pero la historia permanece.
Finalmente el nombre también quedó en Cancún.
El sueño que Chito no pudo cumplir
Aun después de todo aquello, Rodríguez conservó una ilusión.
Que Tigres regresara algún día a la Ciudad de México.
Se lo planteó directamente a Peralta.
Había compradores.
Había aficionados.
Había historia.
Y Chito utilizó probablemente el argumento más poderoso que podía encontrar.
Le recordó a Carlos Peralta a su padre.
Le pidió imaginar lo que significaría devolver a Tigres al sitio donde había nacido.
“Estoy seguro que tu papá te bendice desde el cielo, sabiendo que estás regresando lo que más amó en su vida, en lo deportivo, de donde lo fundó él”.
Lo intentó más de una vez.
Peralta había tomado ya su decisión.
Su etapa en el beisbol había terminado.
Y Tigres no volvió a la capital.
Para Chito quedó como uno de esos capítulos que el beisbol, algunas veces, simplemente no permite cerrar como uno quisiera.
22 años
Cuando aquella larguísima conversación de 2021 comenzaba finalmente a terminar, Chito hizo cuentas.
Habían sido 22 años con Tigres.
Veintidós años tomando decisiones, armando equipos, eligiendo personas, resolviendo problemas, celebrando campeonatos y atravesando transformaciones que cambiaron no solamente a una franquicia, sino a la propia Liga Mexicana.
Y al recordar su relación con Carlos Peralta eligió una palabra:
confianza.
Decía que había contado siempre con su respaldo para tomar decisiones. Naturalmente existieron ocasiones en las que la visión económica del propietario terminaba imponiéndose, pero Rodríguez entendía aquello como parte de una misma responsabilidad: proteger a la organización.
Porque para Chito había algo que Tigres nunca debía perder.
Su lugar.
Su dignidad.
Su condición de protagonista.
Playoffs.
Series finales.
Campeonatos.
Eso era Tigres para él.
“Cuando se te ofrezca algo, Gerardo…”
Después de tantas horas llegó la despedida.
Chito ya había recorrido décadas de su vida.
Había hablado de campeonatos, jugadores, propietarios, gobernadores, gerentes, ciudades, estadios y decisiones.
Y aun entonces parecía quedar algo por contar.
Antes de terminar aquella conversación con Gerardo Pérez dejó unas palabras que hoy inevitablemente se escuchan distinto:
“Si algo faltó en la entrevista, con mucho gusto a tus órdenes”.
Y después:
“De aquí en adelante, cuando se te ofrezca algo, Gerardo, con mucho gusto te atenderé”.
Así terminó.
Como suelen terminar las conversaciones entre gente de beisbol.
No con un adiós definitivo.
Con un “estamos en contacto”.
Hoy Cuauhtémoc “Chito” Rodríguez ya no puede responder aquella siguiente llamada.
Pero quedaron sus historias.
Quedaron nueve campeonatos.
Quedó aquel Tigres campeón de 1977 contra los pronósticos.
Quedó el equipo de mexicanos de 2005.
Quedaron México, Puebla y Cancún.
Quedaron 22 años defendiendo una camiseta desde una oficina con la misma intensidad con la que otros la defendieron sobre el terreno.
Y quedaron aquellas 12 horas de 2021.
Doce horas que parecían excesivas para una entrevista.
Hoy parecen pocas para una vida.
Porque para contar la historia de Cuauhtémoc “Chito” Rodríguez no alcanzaba una tarde.
Probablemente tampoco alcanzaban 12 horas.
Descanse en paz, Chito.
En Cu4rto Bat lo recordamos como lo que fue: un hombre de beisbol hasta la última conversación.
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