Por Juan Carlos González Iñigo para CU4RTO BAT.
En 2022 tuve la fortuna de asistir a la Serie del Caribe en Santo Domingo. Además de los juegos de pelota en el legendario Estadio Quisqueya-Juan Marichal, visitamos varias academias de equipos de MLB y de particulares. Hay docenas por toda la isla.
Platiqué con personas ligadas a MLB y con varias de las autoridades deportivas y educativas de República Dominicana. Esta claro el pleno conocimiento que se tiene de la carga social que se está generando en el país. Deserción escolar cada ciclo, al alza. Jóvenes que frustrados se retiran del camino al sueño de salir de la isla a base de batazos y lanzamientos.
No sé el número, pero no debe ser superior al 5% los que logran triunfar. Más del 90% deben enfrentar una realidad apabullante el resto de sus vidas, sin educación que los apoye. Muchos de ellos luego se dedican a seguir alimentando la perversión del sistema.
El fenotipo, las características físicas de los dominicanos son muy favorables para el beisbol. No deben caer en la tentación de las sustancias prohibidas.
Inyectar esteroides, de caballo o de humano, a un niño es un crimen. “Puyarlos”, es un crimen.
Platiqué hoy con el abogado venezolano especialista en deportes y avecindado en Toronto, Arturo Marcano. Próximamente volverá a insistir en el tema en su conocido Podcast ENDORFINAS.
Se debe abogar por el establecimiento del DRAFT INTERNACIONAL lo más pronto posible.
A continuación, la edición de un artículo de Alden González en ESPN:
Beisbol, promesas y una muerte que incomoda a toda una industria
En la casa de los Ureña Pérez, el tiempo parece haberse detenido en un punto impreciso entre la memoria y la negación. No hay demasiados objetos que remitan al hijo que falta. No porque no existieran, sino porque su ausencia resultaba insoportable.
En el porche, dos velas encendidas custodian una fotografía: un adolescente de expresión contenida, casi tímida, como si no terminara de entender por qué alguien querría capturarlo en una imagen. A un lado, dos bates de madera. Al otro, un par de spikes rojos, gastados en las puntas.
Eso es todo lo que su madre decidió conservar.
“Lo demás era demasiado”, dice Iris Pérez. No eleva la voz. No necesita hacerlo. En su tono hay algo más definitivo que el llanto: una forma de resignación que aún no termina de asentarse.
Su hijo, Ismael Ureña Pérez, murió a mediados de 2024, después de que su cuerpo comenzara a fallar de manera abrupta. Tenía, según su familia, catorce años. Aunque incluso ese dato, en el contexto en el que creció, no es del todo consistente.
I. El lenguaje del sueño
En la República Dominicana, el béisbol no se explica; se respira. Está en las conversaciones de esquina, en los terrenos de tierra improvisados, en los gestos repetidos de niños que imitan mecánicamente swings que han visto en televisión.
Pero, sobre todo, está en el lenguaje.
Los padres no siempre hablan de “jugar”, sino de “salir”. Salir del barrio. Salir de la pobreza. Salir de una vida que parece predeterminada. El béisbol, en ese sentido, no es un deporte: es una posibilidad económica con forma de juego.
Ismael entendía ese lenguaje.
Se levantaba antes del amanecer para entrenar. Jugaba como campocorto. Observaba a los grandes, repetía sus movimientos, los incorporaba con una disciplina que su padre describe como obsesiva.
“Él no veía esto como un juego”, diría después. “Era su trabajo”.
II. La industria antes del contrato
En teoría, el sistema internacional de reclutamiento en el béisbol profesional está claramente delimitado: los jugadores pueden firmar a partir de los 16 años. En la práctica, ese límite es más bien simbólico.
Mucho antes de que exista un contrato, existe una red.
Entrenadores independientes —los llamados buscones— identifican talento a edades cada vez más tempranas. Diez años. Once. A veces menos. Los niños pasan a formar parte de academias donde se entrenan, viven y, en muchos casos, son preparados para un futuro acuerdo que todavía no puede formalizarse.
Ese acuerdo, sin embargo, ya existe.
Se le conoce como preacuerdo: una promesa verbal entre el entorno del jugador y una organización de Grandes Ligas. No tiene validez legal. No ofrece garantías. Pero existe y sustenta expectativas durante años.
La paradoja es evidente: el sistema prohíbe firmar niños, pero incentiva descubrirlos lo antes posible.
III. El cuerpo como proyecto
En ese intervalo —los años entre la promesa y el contrato— ocurre la transformación.
El desarrollo físico se vuelve urgente. La diferencia entre destacar o desaparecer puede depender de centímetros, de milisegundos, de una impresión fugaz ante un scout.
Es en ese margen donde aparecen las sustancias.
En la República Dominicana, durante décadas, los esteroides han circulado con relativa facilidad. En algunos entornos, su uso no se presenta como una transgresión, sino como una herramienta más del entrenamiento.
Las historias se repiten con variaciones mínimas: inyecciones descritas como “vitaminas”, administradas con regularidad, sin demasiadas explicaciones.
Los efectos, en muchos casos, no son inmediatos.
Pero el cuerpo recuerda.
IV. La noche anterior
Dos veranos antes de su muerte, Ismael regresó de la academia y dijo que no quería volver. No ofreció una narrativa completa de esa decisión. Tal vez no la tenía. Tal vez intuía algo que no sabía cómo nombrar.
A la mañana siguiente, su cuerpo habló por él.
Orina roja. Piel amarillenta. Debilidad extrema.
El trayecto al hospital fue el inicio de una secuencia médica que avanzó con rapidez desconcertante: cuidados intensivos, coma inducido, muerte.
Menos de una semana.
En sistemas más regulados, una muerte así activa protocolos, investigaciones inmediatas, respuestas institucionales. Aquí, en cambio, la claridad se diluye.

V. El problema de la responsabilidad
La familia sostiene que Ismael fue víctima de la administración de sustancias para mejorar el rendimiento en la academia donde entrenaba. El entrenador señalado lo niega. Su defensa propone una causa alternativa: una infección hepática.
Entre ambas versiones, hay un vacío.
Ese vacío no es solo médico o legal. Es estructural.
Porque incluso si se determinara con precisión la causa de la muerte, la pregunta más incómoda permanecería: ¿en qué momento el sistema permitió que un adolescente quedara expuesto a ese nivel de riesgo?
VI. Economía de la esperanza
El béisbol internacional funciona, en gran medida, como una economía de alta incertidumbre con recompensas desproporcionadas.
Por cada jugador que alcanza contratos millonarios, hay cientos —quizás miles— que no lo logran.
Sin embargo, el sistema se sostiene porque basta con un caso exitoso para justificar la inversión.
En ese proceso intervienen múltiples actores: entrenadores que pueden quedarse con una parte significativa del bono de firma, prestamistas que financian el desarrollo inicial, organizaciones que proyectan talento a largo plazo.
El jugador, en el centro, es simultáneamente sujeto y activo financiero.
VII. La ilusión de control
Las Grandes Ligas han intentado introducir orden: límites de gasto, programas antidopaje, mecanismos de verificación de edad.
Pero cada regulación parece generar nuevas formas de evasión.
Los preacuerdos proliferan precisamente porque el sistema oficial restringe cuándo y cómo se puede firmar. Las sustancias aparecen porque el desarrollo natural no siempre es suficiente en un entorno competitivo extremo.
Es, en cierto sentido, un sistema que produce las condiciones que luego intenta corregir.
VIII. El debate inevitable
Ante este panorama, la propuesta de un draft internacional surge como una solución estructural: centralizar el proceso, eliminar negociaciones anticipadas, imponer transparencia.
Sus defensores lo ven como una forma de cortar de raíz los acuerdos clandestinos.
Sus críticos, en cambio, advierten que podría reducir oportunidades, desplazar —no eliminar— la corrupción, y afectar economías locales que dependen del béisbol.
Ambas posiciones coinciden en algo, aunque no lo formulen de la misma manera: el sistema actual no funciona.
IX. Después
En el cementerio, la tumba de Ismael presenta una anomalía pequeña pero reveladora: la fecha de nacimiento ha sido borrada.
No es un detalle menor. En un entorno donde la edad puede alterar el valor de un prospecto, incluso los datos más básicos se vuelven negociables.
La madre sigue esperando respuestas. Llama a su abogado con frecuencia. A veces llora. A veces no.
El padre duerme poco.
El último recuerdo que conserva no es una imagen tranquila, sino una súplica: su hijo, desde una cama de hospital, pidiéndole que lo abrace.
X. Lo que permanece
El sistema sigue funcionando.
Niños siguen entrenando antes del amanecer. Scouts siguen observando. Promesas siguen circulando en voz baja.
El beisbol, como estructura económica, no se detiene por una historia.
Pero las historias, acumuladas, terminan revelando el sistema.
La de Ismael no es excepcional por lo que ocurrió, sino por la visibilidad que alcanzó.
Y esa visibilidad plantea una pregunta que ninguna reforma puede evitar del todo:
¿Cuánto riesgo está dispuesto a aceptar un sistema construido sobre sueños ajenos?
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